La lógica dice que la obtención de un grado académico está relacionada con la finalización de un proceso de aprendizaje de gran complejidad y sobretodo rigurosidad. Quien tenga un grado académico y/o un título universitario, debiera ser una persona que cumple con ciertos requisitos y es visto por la sociedad como alguien inteligente, cuya opinión es importante y siempre válida.

Este fenómeno es muy parecido al del delantal de los médicos, la gente le da otro valor a las personas con delantal blanco, se presupone que son personas de inteligencia superior y se les respeta. Tanto es así que en Japón se está volviendo el último grito de la moda el uso de estas prendas.

Lamentablemente estos no son más que prejuicios, tal vez no el típico prejuicio que va en desmedro de quien es prejuzgado, pero no es menos grave ya que nos vuelve vulnerables. ¿Cuántos son los casos de personas que se ganan la vida gracias a la compra de un delantal blanco, ejerciendo la profesión de médico sin tener título alguno? La cuestión es que tendemos a aceptar sin cuestionamiento alguno lo que las «personas inteligentes» dicen.

Volviendo al tema de los grados académicos, en la publicación sobre la curiosa proposición de la Editorial Académica Española, hasta el momento hay más de 50 comentarios, la gente se mostró muy interesada en resolver el enigma de la misteriosa editorial que, por nada publica tu tesis y te regala una copia impresa. Los comentarios en general han sido razonables, hay gente que piensa que es un completo fraude, hay gente que los defiende, incluso comentó alguien de la misma editorial para aclarar sus servicios. Sin embargo, hay algunos comentarios que me han decepcionado, comentarios de gente que en pocas palabras y con muy mala ortografía muestran que ni siquiera han leído el artículo principal, que han pasado por alto importantes puntos o que sencillamente están fuera del recipiente.

El tema es que las únicas personas interesadas en leer y sobretodo comentar un tema como éste, son aquellos que hayan realizado algún trabajo académico y que, por lo tanto, han sido contactados por esta editorial para publicar su trabajo. Uno podría suponer que las personas que cumplen requisitos para que se les contacte para publicar un trabajo académico suyo son rigurosas, meticulosas y con claridad mental, pero no, aún hay mensajes del tipo «ay qué hago, díganme qué hacer» o «me llegó un correo de ustedes y me gustaría saber…»

Esta decepción me deja la lección de que hay que ser críticos siempre, un título, un grado académico o un delantal no significan necesariamente que podemos confiar plenamente en lo que se nos diga, para eso tenemos nuestro propio criterio.

Excelente video sobre la anatomía de un conflicto social, lo que suele suceder y las fallas de cada uno de los sectores a la hora de enfrentarlos. Altamente recomendado!!

Nuevamente un excelente artículo del Profesor José Miguel Piquer, publicado en el blog Bits, Ciencia y Sociedad.

Uno de los argumentos que más duele en esta discusión sobre la educación superior en Chile es que el apoyar con más fondos a las universidades del Consejo de Rectores (y en particular a la Universidad de Chile) es “regresivo”, ya que estas universidades captan a los alumnos de las familias con más recursos del país. A cambio, son las privadas nuevas (y los Centros de Formación Técnica y Profesionales) los que reciben a los estudiantes más pobres y los que reciben menos ayuda estatal. Pareciera que la conclusión obvia sería dejar a las tradicionales como están hoy y dedicarse a generar más becas y fondos para las nuevas universidades privadas.

Lo que duele es que el argumento tiene algo de fundamento: las mejores universidades del país reciben sólo alumnos con los mejores puntajes en la PSU, y la PSU tiene un fuerte sesgo socioeconómico. Claro que la conclusión simple del argumento nos lleva rápidamente a un absurdo: habría que dar becas a los peores puntajes de la PSU para que entraran a las peores universidades del país, para ser justos. Y supongo que nadie considera razonable esa “solución”.

La lógica del autofinanciamiento que se aplicó a todo el sistema por igual, afectó fuertemente la misión de las universidades estatales: aquellas que han conservado la calidad, no tienen la opción de seleccionar en forma significativa alumnos por otra vía que la PSU, porque sale caro. Las que han perdido la calidad, han debido jugar el juego de las privadas nuevas: atraer alumnos con malos puntajes, aun sabiendo que no tienen ninguna chance de llegar a ser profesionales de buen nivel. Al final, en todo el sistema existe una sola división importante: las universidades buenas y las universidades malas.

Ahora que el anuncio presidencial nos permita tener esperanzas en que finalmente se inyectarán más recursos en el sistema de educación superior, creo que lo único realmente importante es garantizar que esos recursos no vayan a financiar las estafas que hoy existen en muchas universidades: vender la ilusión de un título de una profesión que el muchacho o muchacha jamás llegará a ejercer. Un sistema de control de calidad obligatorio y exigente resulta indispensable donde el mercado no es transparente y donde la asimetría de información es gigantesca. La prometida superintendencia de educación debiera fiscalizar fuertemente la calidad. Ninguna beca ni subsidio (salvo tal vez un aporte por una vez para mejorar la calidad) debiera ir a parar a una universidad que no logre una calidad mínima. Esas becas “al portador”, en que el alumno elige libremente donde gastarlas, resultan un crimen en este sistema: nos llenaremos de casos como las Becas Valech, donde se crea una oferta fraudulenta para seducir a estos becarios faltos de información. Sólo funcionarían si se define que son válidas en un conjunto de universidades restringidas y bien reguladas.

El sistema de educación superior existente en Chile fracasó. Creo que ese es el único mensaje claro que dieron los cientos de miles de manifestantes en la calle. Corregirlo es difícil y de largo aliento, pero creo que la principal lección que debemos retener es que, en este caso particular, las fuerzas del mercado no operan para mejorar la calidad y bajar los precios. Incluso la masificación del sistema -el único logro claro del sistema- es dudosa: ¿Realmente masificamos la educación superior? ¿No será que estamos vendiendo falsas ilusiones a mucha gente?

Creo que hay que partir trabajando con las buenas universidades existentes: más becas, más apoyos, más igualdad en el acceso. Al resto, hay que ir apoyándolas para que mejoren. Y algunas, simplemente hay que cerrarlas.

Por estos días se habla mucho de la educación superior en Chile, de las universidades estatales y privadas, del lucro y otras cosas más. Pero los medios tienden a ser dispersos en la información y el movimiento conjunto de estudiantes secundarios y universitarios puede confundir a más de alguien.

Respecto a la educación superior y al lucro de las universidades privadas, quiero compartir dos videos que en 16 minutos deberían dar una visión relativamente clara del tema, sin entrar en consignas políticas que sólo buscan aprovecharse de estos movimientos y terminan desvirtuándolos.

El primero es un fragmento del discurso del Rector de la Universidad de Chile, Víctor Pérez en la ceremonia de inauguración del año académico 2011. El segundo es una nota bastante ilustrativa del noticiero de Chilevisión respecto al mismo tema.

Artículo original del Profesor José Miguel Piquer (DCC, Universidad de Chile) en el blog Bits, Ciencia y Sociedad en Terra.

Por José M. Piquer, profesor del Departamento de Cs. de la Computación, FCFM. U. de Chile.

En el mundo, se ha desarrollado una fuerte tendencia hacia la privatización de las universidades. En gran medida, esto ha permitido masificar la educación superior, sin requerir más inversión pública en el sistema. También existen otras razones: las universidades tradicionales se veían como muy conservadoras, elitistas y aisladas de la sociedad, la que cada vez requiere más aporte de conocimiento a su economía y desarrollo.

Por ello, también las universidades estatales se han ido privatizando: han ido cobrando matrículas cada vez más altas, deben competir por fondos abiertos para financiar la investigación y deben buscar inversión privada en proyectos rentables. Chile es uno de los ejemplos más agresivos en el mundo en esta vía hacia la privatización y, junto a Corea del Sur, son los únicos casos en que la enorme mayoría de los costos de la educación superior recae en las familias, con muy poco apoyo de subsidios estatales.

En estos días el país discute una reforma a la educación superior que busca continuar por esta misma vía: hacer que las universidades tradicionales y las privadas nuevas sean iguales (o al menos más iguales que antes), y tengan acceso a los mismos subsidios. Ese escenario va borrando las diferencias entre universidades antiguas y nuevas, y entre estatales y privadas. Por ello es relevante la pregunta: ¿Para qué queremos universidades estatales?

La diferencia básica entre universidad estatal y privada es, obviamente, su dueño. El pertenecer al Estado generalmente conlleva muchos problemas bien conocidos: falta de flexibilidad, falta de movilidad, lentitud y burocracia. El ser privado, conlleva muchas ventajas en todos esos aspectos. Por ello, me ha costado largo tiempo entender para qué sirven las universidades estatales, a pesar de llevar trabajando casi 25 años en una.

La razón para querer tener universidades estatales, a pesar de todos estos problemas, es porque los países necesitan de ellas para garantizar una voz académica, total y completamente independiente, que difunda el conocimiento que en ellas se cultiva. Aunque a veces lo olvidan, los gobiernos y las empresas necesitan un lugar donde poder acudir con preguntas difíciles y tener garantías de que la respuesta será técnica y veraz, independientemente de ser políticamente correcta o no, y libre de todo conflicto de interés. Sólo una universidad estatal y autónoma puede satisfacer ese requerimiento, y aún así es difícil lograrlo en un 100%, porque siempre hay lugar para conflictos de interés donde hay seres humanos.

La única diferencia de fondo entre una universidad estatal y una privada, y lo que garantiza esa independencia y libertad académica, es que la primera tiene un financiamiento estatal de base garantizado y total autonomía en su ejecución presupuestaria. Eso le obliga a cumplir una misión pública: ayudar al país a desarrollarse, rindiendo a la comunidad el fruto de sus acciones, tanto en docencia como en investigación y extensión. Ese fondo no puede ser concursable -o estará sujeto a las prioridades del gobierno de turno- ni privado, porque estará sujeto a los intereses de quienes lo financian. Por supuesto, en estos tiempos modernos, se requiere dar cuenta de esos fondos: qué está haciendo la universidad que justifique ese financiamiento público.

Por esto es que el concepto de universidad estatal autofinanciada es un absurdo, una contradicción en sí. Y por eso es que en Chile el sistema estatal de universidades está prácticamente destruido, salvo muy honrosas (pero escasas) excepciones.

Una universidad privada, o una pública autofinanciada, puede cumplir una misión pública por algún tiempo, pero no está “obligada” a ello. Un cambio de opinión en sus dueños, o un conflicto de interés, puede cambiar esto drásticamente. La única forma de garantizar la independencia y la entrega a la comunidad es contar con un financiamiento estatal basal fuerte.

¿Qué porcentaje del financiamiento total debiera ser ese aporte? Hoy en día parece ser razonable dejar espacio para fondos concursables, aportes privados a proyectos específicos y aranceles para quienes pueden pagarlos. Eso le inyecta dinamismo y preocupación por servir a la sociedad en forma directa. Por lo tanto, no debe ser un 100%. Los franceses dicen un 80%. Nosotros creemos que es como un 50%. Un ejemplo que muestra el problema de pasar por debajo del 50% es el caso de una universidad estatal que se financia en un 70% de los aranceles de pregrado que cobra. ¿Cómo puede tomar los temas de equidad? ¿Cómo puede aplicar criterios de meritocracia o mantener aranceles bajos? ¿Cómo decide abrir una carrera importante para el país pero con pocos alumnos inicialmente?

Por ello, resulta obviamente absurdo tener una universidad estatal con un aporte basal que corresponde al 15% de su presupuesto, como ocurre en la Universidad de Chile. Obtenemos todos los problemas de ser estatales, junto con todos los problemas de ser privados, sin tener las ventajas de ninguno.

Por citar un caso que viví personalmente, el desarrollo temprano de Internet en las universidades chilenas fue liderado por las universidades estatales. Le dedicamos enormes cantidades de tiempo, esfuerzo y recursos de nuestras instituciones a un proyecto en el que nadie creía: ni el gobierno, ni el sector privado, ni nuestras propias autoridades universitarias. Nosotros sentíamos que ese proyecto era importante para el país, y por ello era lógico que le dedicáramos nuestro esfuerzo, era parte de la misión de nuestras instituciones, incluso cuando nuestros rectores no lo entendían así. Es lo que se espera de las universidades estatales. Y dudo que hoy seamos capaces de hacer algo equivalente.

Creo firmemente que el país requiere asignar un financiamiento estable y fuerte a sus universidades estatales, manteniendo una sólida autonomía presupuestaria. Si esto no es posible, es mejor terminar el proceso de privatización entregándoles la propiedad de la universidad a sus académicos, liberándolas de la administración pública y dejándolas compertir como cualquier universidad privada. Jugar a ser estatales, bajo reglas del juego privadas, no nos lleva a ninguna parte, genera tensiones en todas las estructuras y nos obliga a vivir en el peor de los dos mundos.